viernes, 21 de octubre de 2016

Sobre la Cestería y los orígenes urbanos de Baños de la Encina

Dicen de la calle Conquista, aunque de viejo llamada Cestería, que es la más antigua del pueblo de Baños de la Encina. Y seguro que así es, aunque también podría decirse lo mismo de sus vecinas, Santa María del Cueto, una decena de metros por encima de ella, a la vera del Castillo, y Huérfanos, en el escalón inferior.

De viales como los que nos traen a cuenta, cuesta discernir su origen. La sencillez de los materiales con los que se elevan sus casas son partícipes activos de esta cuestión, pero también ayudan a diferenciar, como aquí es el caso, que hay dos momentos distanciados en el tiempo en los que se edifican los casuchines y casonas que dan forma a la calle.

Se trata de una calle de traza fácil y solería de piedra, a pie llano, que, encorsetada entre paredes, se deja llevar por la curva de nivel que dibuja la parte media del Cerro del Cueto. Es cierto, es estrecha, pero no, no parece, como tampoco sus vecinas, que tenga un origen árabe. Entre otros factores, no tiene nada de laberíntica y los adarves brillan por su ausencia.

A esclarecer esta cuestión ayuda el padrón de vecinos de la “villa y tierra” de Baeza (1407), el primero, al menos que se conozca, donde se plasma la cuantía, rango social y dedicación del vecindario del lugar y castillo de Baños. Es significativo que a comienzos del siglo XV todos ellos, sin excepción, tengan como oficio principal la milicia, ya sean lanceros (59) o ballesteros (29). Complementariamente, alguno de ellos faena con la herrería (dos), oficio más que necesario por aquellos años, tanto en lo doméstico como en la milicia; mientras que cuatro cabezas de familia se dedican a menesteres que podemos entender como “ganaderos”, dos ejercen como pastores y otros tantos desempeñan su labor como colmeneros. De los que pudieran dedicarse a labores agrícolas nada se dice.

Paralelamente, se hace mención del alcalde y del jurado, cargos elegidos anualmente en asamblea vecinal de entre todos los encastillados; también se habla de un escribano y de un necesario clérigo. Doce son viejos “inútiles”, uno de ellos antiguo pastor, padre y abuelo de vástagos que siguen la tradición.

El perfil social del padrón nos describe con precisión que el lugar de Baños se desenvuelve, por entonces y con protagonismo, en una economía bélica donde no tienen lugar campesinos y hortelanos. En caso de asalto y siendo necesario replegarse al interior del castillo, personas y bestias no encontrarían problema, los campos de cultivo, de haberlos, hubieran sido cotidianamente “tierra quemada”. El grano, pese a ello, no faltaba, pues como era de lógica el castillo, en tierra de realengo, era abastecido por la corona.

Con todo lo mencionado sobre demografía y economía, los indicios son que la población no salta las murallas de la fortaleza y derrama su hábitat por el Cerro del Cueto hasta bien avanzado el siglo XV, posiblemente en su último tercio, con la tenencia del castillo en manos de Juan de Ayala y los Sánchez Carvajal, padre e hijo, que le sucederían en la alcaidía. En definitiva, la dispersión urbana fuera del castillo no se produce hasta que no se consolidan en el poder de los Reyes Católicos, no se pacifican las tierras del alto Guadalquivir y se derriban los muros del alcázar de Baeza, entre otras plazas fuertes.

A título local, son momentos de reorganización económica. El papel militar de la fortaleza cae a mínimos mientras que, paralelamente, el regimiento local, en manos de los nuevos “legados” de la Corona, ahondan en el desarrollo de quehaceres económicos hasta entonces aletargados que abastecerían de “dineros” las arcas del lugar de Baños, favoreciendo así su crecimiento demográfico y urbano: en 1588 el número de vecinos había aumentado hasta 340.

El pistoletazo de salida lo supondría el documento firmado en Santa Fe por los Reyes Católicos (1492), que permitía el cobro de “roda” en el “puerto” de Baños.

A éste se uniría muy el interés que la Corona tenía porque la cabaña serrana trashumante pudiera hibernar en los pastos de Sierra Morena, disputa que venía de largo y que tenía como contendientes al Honrado Concejo de la Mesta y el Concejo de Baeza. Carlos V finiquitaría el enfrentamiento dado visto bueno a los ganados de extremo. Con éstas, la dehesa pública de la Navamorquina, su arrendamiento, vendría a engrosar también las arcas locales.

Finalmente, la roturación del valle, que permitiría muy temprano un interesante desarrollo del olivar, vendría a refrendar la bonanza económica que alcanzan los pecheros locales. Así lo dejan entrever, a lo largo de la segunda mitad del siglo XVI, la multiplicación de los permisos de deslinde de solares públicos destinados a la edificación de molinos almazaras

Al tufo de uno economía que comenzaba a ser boyante ya en las postrimerías del siglo XV, arribaron nuevos vecinos que, a modo de arrabal, se fueron instalando en los escalones que se despliegan bajo el castillo, escarpas que ayudaron en su día en la defensa del castillo. De origen poco definido, recuerdan la vieja urbanística argárica.

Sería esta nueva población la que se instalaría en la calle que nos trae, sólo en su margen superior, dando lugar a casuchines en pendiente, minúsculos, levantados con piedra descompuesta, barro y tapial, a la sombra de un pueblo que crecía rápidamente, que se apropiaría en breve del vado de la plaza y tendría como emblemas representativos  la Casa Consistorial y la iglesia gótica.

Un siglo después, los cantones de siembra para verde, huerto y estercoleros que se desplegaba por la margen inferior, proceso urbanístico que nos recuerda lo que ocurrió también en otros pueblos de la “tierra” de Baeza, como es Jabalquinto, fueron ocupados por las casonas levantadas con sillares de los pecheros que protagonizarían el surgir de la villa durante toda la Edad Moderna. El resultado fue que una calle en principio abierta a levante, acabó apretada entre los muros de dos momentos históricos de vertiginosa evolución.

Pero esto ya son otras cuentas y otros milagros.







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